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Recuerdo de un amor

Eres tú acaso ese que habita mi alma, dentro de un silencio absoluto, abrumador, aquél recuerdo furtivo de nosotros, aquél te amo que alguna vez enunciamos Eres tú acaso aquél que ha sellado mis labios, y que, perpetrando mi cuerpo, le ha abandonado. Un tímido sollozo queda de él, de ese cuerpo desnudo, sin cobijo, sin ansía ni amor y sin ti Eres tú acaso aquél que me decía palabras hermosas, quien me elevaba en el acto del amor para luego apartarme con su indiferencia, llena de su ausencia, llena de temor por su partida. Eras tú quien tenía en su poder mi mente y mi alma, eras tú quién tenía el control que da el amor, ese amor sin condición a merced del amor dominante, del amor despiadado que sublima y desgarra con igual fuerza Eras tú, siempre fuiste tú quien me llenaba la vida, para después arrancarme el aliento con su abandono, tú mi presente y mi sueño futuro, mi inicio y fin, tú, quién podía encenderme y apagarme las ganas de amar.

Cuento de una noche

No puedo dormir. Apenas logro cerrar los ojos y mis pupilas se esfuerzan pérfidamente para ver a través de mis párpados para así encontrarse con la opacidad de mi habitación. A estas horas parece otro sitio. Uno más interesante que el insípido cuarto color mamey y lleno de motivos cursis tan característicos de mí. Lo noche le sienta bien. El halo de luz que se infiltra por la ventana apenas logra rozar la esquina del escritorio para terminar moribundo en el piso recién encerado. Parece un jovencito, puberto y ávido de ver las piernas de las niñas bajo esas faldas de colegialas y que, por pena, apenas se atreve a mirar de reojo.  Es un ladronzuelo que me roba la oscuridad de la noche. Esa noche que usualmente me promete paz, sueños, pesadillas, o cualquier otra especie de mutación onírica similar. Estoy tendida hacia arriba, con los brazos extendidos sobre mi cabeza, extravagantemente extendida, como si alguien fuera a sacrificarme.  He de llevar poco ...

Fragmentos de vida

Eran más o menos las diez de la noche y yo venía llegando de un evento del trabajo. Fue una pasarela de modas acompañada de un coctel coqueto y relajado. Poco antes de llegar a mi casa sentí muchas ganas de pensar y pensar, en silencio y en voz alta.  Cuando llegué a mi casa tomé un poco de dinero y un abrigo para cubrirme de este frío otoñal que precede al invierno. Caminé un poco contra el viento golpeando mis mejillas en busca de un café y un cigarrillo. No tenía razón alguna para salir de mi casa y, de hecho, es extraño que lo haga así nada más porque sí pero esta vez sentí ese impulso, un poco tonto quizá, pero mío al fin y al cabo. A esas horas el parque se había despejado por completo y estaba completamente solo, así que busqué una banca que estuviera libre de desechos verdes de paloma y, cuando la encontré, me instalé en ella, sentada y cruzando mis piernas cual niña de primaria. Ahí sentada, cobijada por la noche y el frío, me sentí muy libre de hacer y pe...

De aquello que sí vale

Hoy lo confirmé: en la vida me toparé con muchísimas personas. Siempre irán y vendrán. Siempre habrá alguien con quien hechar el cigarrito; alguien que invite la peda o que saque la fiesta; siempre habrá alguien con quien echar desmadre. Siempre habrá alguien que quiera estra en tu equipo de trabajo o algún compañero que te acompañe a comer.  Siempre habrá alguien que quiera ver la misma movie y que te acompañe al cine. Siempre habrá alguien con quien discutir de vanalidades, con quien compartir  tus gustos musicales, o con quien hablar de chicos o chicas agradables a la vista... Pero, de todas esas personas, pocas son las que estarán cuando estés de aburrido-aguafiestas -triste-reflexivo o depre. Pocos con los que podrás compartir lo sencillo y lo profundo de la vida. Pocos los que te entenderán cuando estés harto; pocos que simplemente escuchen sin pretender aconsejar, cuestionar o juzgar; pocos que no quieran o esperen algo a cambio. Pocos que estén con...

Encuentro

He vivido las 72 horas más surrealistas que alguna vez se me hayan podido antojar. Tuve mil sensaciones. De las más diversas y locas. Preocupación; tristeza, melancolía, culpa, felicidad, enamoramiento, agradecimiento, inspiración, soledad, plenitud y mil y una más que, al igual que Grenouille, sencillamente no se pueden describir porque, algunas veces, éste y todos los lenguajes nos resultan insuficientes para expresar ese no-sé-qué-que-qué-sé-yo. Me ocurrieron desde “discusiones” con el chofer del transporte escolar; bromas al jefe de mi área; tristeza profunda licuada con un poco de melancolía y reproche; un peculiar patriotismo resurgido con-tintes de-cambiar-el-mundo (y sino el mundo, al menos sí éste que yo habito: mi mundo); y una soledad tristísima que al poco rato me sentó de lo mejor. Siempre le he tenido un profundo miedo a estar sola. Me aterra la idea de aventurarme por cualquier paisaje urbano sin más que mi alma. A veces suelo acompañarme de mi voz, ese ti...

Reproche

Cuando despertó, le bastó recordar -en milésimas de segundos- las circunstancias recientes para desdibujar la sonrisa matutina que le gusta vestir a diario. Sintió que era uno de esos días en los que las cosas no pueden salir peor. Grave error. La nubosidad de la mañana le hizo creer que nada de eso podía estarle pasando. ¿Por qué a ella? ¿Por qué en ese momento? ¿Por qué? ¿Por qué? No hacía más que recorrer las posibles respuestas, hasta el más recóndito pasaje de los recuerdos, cualquier indicio que le diera un poco de calma. Nada.  Comenzó por alimentar la memoria, aquellos momentos en que, si no era la más dichosa, al menos reía más veces de las que lloraba. Se reprochaba el haber dejado ir aquellos instantes, el haberlos cambiado por algo incierto. Pero así era esto. Después de todo, de nada se arrepentía. Sabía que cada decisión la había tomado, como dicen por ahí, “con el corazón en la mano”. Tampoco le servía culpar al destino de su mal, pues siempre había pensado que c...

La costumbre de lo que llamábamos amor

Él va en su búsqueda día con día. La espera en la salida de su oficina, a eso de la seis de la tarde, para que puedan regresar finalmente a casa. Así ha sido los últimos veinticinco años. Apenas sus miradas se cruzaron y ya sabían lo que procedería. Aquél ritual amoroso que suelen hacer al saludarse: unen sus labios de manera intermitente, tal vez un abrazo y, enseguida, se toman de la mano. Comienzan a andar como quien conoce perfectamente su destino y, con paso atinado, ella intenta seguirle el ritmo. Pronto comienzan a intercambiar brevísimos relatos en los que resumen lo más importante de su día, tal vez alguna broma y un comentario furtivo. Suelen sentarse a comer juntos mientras miran el televisor sin cruzar palabra, pero a veces logran cruzar algunas miradas y coincidir a la hora de reír. Cuando queda un poco de energía comienzan a tejer caricias eróticas en la cama. Un par de besos y, recurriendo a otro ritual gastado, harán aquello que solían nombrar amor. A la mañana sig...