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Mostrando entradas de abril, 2010

Lectores de mentes

Anoche soñé con un extraño, con mi hombre,  solo con él podría estar sola,  abrirme a él, por completo, solo para él.  Recibirlo en mi por completo,  encerrarlo en el laberinto de la felicidad completa.  Ya sé que eres tú.

Hace un par de días vi la peli de “El cielo sobre Berlín” y he de decir que me gustó bastante. Al principio me pareció lenta y muy suave y, como para colmo tengo poco poder de concentración, me costó mucho enfocarme al cien pero, al final de mi odisea mental, logré hacerlo.
La idea puede ser un poco ordinaria pero la manera de contarla es bastante interesante. Su mayor acierto conmigo fue que me hizo pensar y pensar acerca de esto y aquello, del mundo y del amor, de lo terrenal y lo desconocido… de la vida. 
Pensar. Suena sencillo pero dista de serlo. Recuerdo que cuando me iba a la Uni en el metro solía preguntarme en qué pensaban las demás personas. Una vez instalada en un asiento, observaba e intentaba adivinar cómo era la vida de los que en ese momento estaban alrededo…
Esta noche me sienta bien la soledad. El río de palabras sueltas revoloteando en mi cabeza es el más suave tormento, el más sádico. Lo imagino como la caída constante de una gota de agua perforando mi cerebro. Toc, toc, toc, una y otra vez. 
No soy buena cuando estoy con personas. En compañía me cuesta ser yo. Me reconozco mejor cuando estoy sola, incluso me deleita en demasía platicar conmigo misma. El único problema es que mis pensamientos en voz alta se han convertido en un hecho asiduo, rastros de locura, quizá. Dentro de mi mente vagabunda, soy buena haciendo preguntas, contestando respuestas, quedándome en silencio, repitiéndome mil reproches. Me gusta estar a solas. Es la mejor forma para pensar, para ser y para estar: a solas. 
Tampoco soy buena hablando. Las palabras son amables conmigo cuando las escribo, antes no. A veces ni eso ayuda. Soy una cuando escribo y, al leerme, soy otra, y escupo sobre el papel escrito. Banalidades.
No escribo para nadie, ni para mí ni por mí. Sólo…

Déjame, amor

Cuando nadie puede ver, a través de su mirada, el desgarre interior es más profundo.

Déjame tocar tu puerta y esperar por ti. Finge que la espera, que postergaba el sueño, Era el anhelo de mí, de nosotros.
Déjame ser la de ayer ante tus ojos, Y pretende estar enamorado, Como antes, de mí.
Déjame pensar que no todo tiene fin, Que el tiempo se mantuvo en pausa, Aguardando por amor.
Déjame humedecer mis labios, Entre tus labios, unidos, En el grabado eterno.
Déjame entrar y tocar el fondo, Y sentir que el adiós pasado, Se diluye en el calor del beso.
Déjame, una vez más, ser yo, Junto a ti, sin más que esto. Mantenme a tu lado, amor.

El monstruo sin rostro

Día con día la bestia se hace más grande, apenas puede mantenerse en pie. Su apetito insaciable devora todo lo que ve a su paso, tragando por tragar, mas no por saciar su hambre. Bebe litros de alcohol, pero no lo hace  para aplacarse la sed, sino para embrutecerse el ceso. Su outfit se concreta con una playera que exhibe una leyenda: "I love me". Y la porta orgulloso, ególatra. 


Contonea sus enormes caderas al caminar, y su desmedido trasero que, a algunos gusta, a mi parecer resulta grotesco. Ignora lo que ve a su paso, pues se dirige firma hacia sus objetivos mundanos. 
Su ignorancia y desinterés se ven reproducidos fácilmente en un hábito por dimensionar las realidades más frívolas. No hace más que comprar, comprar y comprar. Cuando se agoten las tarjetas, recurrirá a un préstamo, pues lo que le interesa tiene un precio.
Esclavo del aprecio superfluo, del ajetreo cotidiano y de la perfección ególatra del individualista consumado, se adapta al molde de la vida moderna.…

Pedazos

A veces me resulta muy difícil encontrarme. Ahora mismo no sé quién soy. Las cosas suelen empeorar al momento en que me doy cuenta de que los demás tampoco me conocen. Absolutamente nadie sabe poco de mí, ellos sólo ven facetas.
Han visto los pedazos de mí… a ratos… cuando soy feliz, cuando soy triste, cuando lloro, cuando grito. Pero yo no soy esos trozos, y ni siquiera su suma.
No soy la que ayer fui, y mañana no seré lo que hoy puedo ser. A la sombra soy un rastro, y a la luz una sospecha. Ni luz ni oscuridad, ni bien ni mal, sólo yo, hoy y ahora, pero no completamente.

Silencio

Hace un par de días vi un filme francés titulado La Clase. En realidad la película es bastante buena pero el propósito de este post no es hablar de ella, sino de una frase que se menciona en ella:
"Si lo que vas a decir es menos importante que el silencio, mejor no hables, calla".
Normalmente no estamos habituados al silencio. Buscamos compañía para evitarlo y, cuando éste nos alcanza, aún cuando estamos rodeados por más personas, corremos para alejarnos. No importa si tenemos que improvisar alguna pregunta trivial.
Creo que el silencio es un ideal, pues realmente no existe el silencio absoluto. Incluso las madrugadas escapan de su encanto y se convierten en presas de susurros provenientes de viejos grillos quejosos. 

Creo también que ese ideal del silencio es en realidad un regalo, un momento para escuchar nuestros pensamientos en un eco mental; un instante de reflexión; y, cuando se comparte con alguien más, éste se convierte en un pacto, una conexión implícita, un vínculo ta…

Esquizofrenia

De nuevo ese eco sigiloso revoloteando dentro de mi cabeza. Contante y perpetuo. Cuando ingenuamente creo que ha terminado de escupirlo todo, comienza a enunciar mil oraciones más. No importa si tienen sentido o no. Siempre es así. 
Después de una discusión poco profunda, termino por ceder a su permanencia. Algunas veces me siento exhausta, rendida ante una penitencia constante. Duermo a ratos para pretender que no existe y que, por un momento, soy libre, pero lo que sobreviene al sueño siempre es el recuerdo del mismo
Otra vez esa voz dentro de mi cabeza, carcomiéndome el cerebro, recordando el sueño que pensé que me liberaría. No queda más que acostumbrarse a su compañía etérea, a su susurro engañoso, a su réplica ante mis palabras. Sólo quisiera dejar de pensar. Sólo un momento.

Munch, Edvard. El Grito.

Con la nada en las manos

Hoy tengo mis pies descalzos, sin edad ni rostro, Y un cuerpo que deambula por un pasillo desconocido. Amo mi hogar, pero prefiero habitar en todos lados, Sin pertenecer a ninguno de ellos, sino a todos.
Tal vez un día reencuentre mis pisadas, Reconozca un sitio, un par de caras amigas, Tal vez siga sintiéndome ajena aquí, y allá, Tal vez siga sin ser yo del todo.
Un lugar no es para mí, Ni una relación, ni una cita a ciegas, Ni protocolos, ni entrevistas, Ni métodos, ni ensayos.
Lo mío es vagar, errar y volver a intentarlo Aquí y allá, y en todos lados, Caminar por la hierba, danzar en el aire, Sin camino, sin dirección.