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Luminiscencia


Parece que el año más caótico a nivel mundial coincidió con uno de los mejores años de mi vida. ¿Señal o simple coincidencia? Señal, por supuesto. El 2016 nos gritó a la cara que todo ese cuento de la sociedad civilizada y progresista es una vil mentira que, aunque nunca nos la creímos del todo, nos esforzamos por mirar hacia otro lado para reconfortarnos en el dulce ensueño de la templada ignorancia. Este año nos confrontó para preguntarnos sin trabas, ¿sigues creyendo que todo está bien? Hoy, a semanas de terminar el año, decidimos mirarle de reojo para confesar tímidamente: “aguanta, ya entendí cómo está el pedo”. Y en esas andamos, “aguantando”. 

Es gracioso que comience por remembrar todos estos episodios porque esto no pretende ser un análisis sociológico, político o metafísico. No es más que el testimonio de una chica cuyas más preciadas experiencias ocurrieron en el año en que el mundo recordará la muerte de Leonard Cohen, Fidel Castro, Juan Gabriel, Prince, Bowie y muchos más; el triunfo de Donald Trump; el mismo año en que el caso de Lucía Pérez nos gritó desde Argentina: “mirá, pibes, que los feminicidios existen, que los monstruos de la calaña del asesino de Lucía son una realidad más común de la que ustedes, bola de machitos privilegiados, creen posible. Abrí los ojos, ché”; el año en que las coberturas noticiosas sobre la masacre en Siria pasaron de ser historias de terror a noticias de alerta, promotoras de la duda y la desconfianza a los refugiados, que al final no han sido más que las víctimas de todo este enorme teatro despiadado.

Este año, así de horrible y atroz, fue quizá el mejor año de mi vida. ¿Estoy estúpida? No. ¿Soy insensible? Todo lo contrario. ¿Soy egoísta? Casi nunca. Considero que mi grado de empatía está muy desarrollado. Poseo una tendencia inevitable a ponerme en la piel de mis semejantes. Tanto así, que una vez esta cualidad representó un serio problema en mi vida. Leer los diarios me agobiaba de tal modo que no quería hacer nada más que tirarme en la cama y dormir por horas hasta que llegara a mí la sensación de que todo era un mal sueño y que, algún día, despertaría para darme cuenta de que nada de eso era real. 

Ya no más. Ya no soy esa chica que se debilitaba tan fácilmente, con el ánimo caído porque el mundo la perturbaba de manera tal que terminaba paralizada dentro de la oscuridad de un armario.  

Acepto que me dolió cada mala noticia y que incluso hubo muchos días nublados en los que la realidad me alcanzó y el pesimismo era casi insoportable. Sí, hubo esos días, pero fueron pocos, poquísimos. Los usé de hamaca, para lamentarme, llorar y permitirme estar aterrada, pero una vez mecida en ellos cobraba el control de la vocecilla que habita en mi mente para susurrarme: “esto no es así, no te dejes llenar de miedo”. Así comenzó todo: con un tímido susurro que con el tiempo se ha ido fortaleciendo. Me adueñé de esa voz para alimentarla con una idea muy simple: yo soy la dueña de mi realidad, yo la creo, la vivo y la interpreto como se me pegue la gana. 

Hoy aquella voz se asemeja más a un grito de guerra. Comencé a pensar fuerte y eso desató lo demás: comencé a caminar, correr, bailar, cantar y soñar fuerte. Pero sobretodo, a pelear fuerte. ¡Que se joda Trump! ¡A la mierda las noticias! ¡A la mierda el miedo! Sí, hay muchas cosas que están mal en el mundo ¿y qué? Nuestras lágrimas sólo nos nublarán la vista y nuestros miedos sólo entorpecerán el pensamiento. Nada de lamentos. Sino vamos a hacer algo porque esto sea mejor, entonces no se vale quejarnos.

Yo solía vivir de lamentos pero me harté de sentirme un ser frágil e indefenso y quise convertirme en mi propia heroína, una guerrera de luz que, aunque hiciera poco, poquísimo, quería lograr la hazaña más importante: seguir creyendo en el mundo, en la humanidad y continuar  actuando conforme a las leyes del amor y el respeto a la vida. 

Me han faltado ovarios para ser una febril activista; voz para ser una rapera irreverente; desapego para convertirme en un ser puramente espiritual; también me faltó curiosidad y astucia para llegar a entender sobre física cuántica y explicarme un pedacito del cosmos… en fin. Me han faltado muchas cosas y por eso no soy ninguna de esas realidades alternas de mí, pero sí soy ésta que ahora escribe y que se sabe segura de que dentro de su alma alberga una fe infinita en el amor a la vida, a la magia y a la perfección del universo, cuyo funcionamiento sigue sin comprender, pero lo experimenta, lo siente y lo vive en todas sus posibilidades y cada vez se convence más de que todos somos parte de él, por eso no podemos alimentarle con miedos. Toda la energía que nos provee es digna de ser transmitida en paz y armonía, sin afanes egoístas y mezquinos, propios de seres marchitos cuya luz se ha extinguido y hoy son incapaces de sentir ese amor etéreo. 

Este año, caótico para algunos, lamentable para todos, cumplí grandes sueños. Este año conocí la felicidad más exquisita, porque mi fortuna me regaló la oportunidad de descubrir mi ser y con ello, el inmenso poder transformador que en mí habita. 

Hoy ya no estoy dispuesta a vivir de añoranzas, ni sufrir por causas perdidas. Hoy quiero luchar por mi felicidad, actuar de acuerdo con mis convicciones y no detenerme. He aprendido, al fin, a levantarme. Y me levanté más fuerte que nunca antes. Hallé la dicha en donde antes no había buscado: en mi interior. Así aprendí a convertirme en mi mejor compañía y a continuar luchando sin importar qué tan nublado esté el día. No necesito sol para alumbrarme, porque he engendrado una llamarada de esperanza y hoy es mi más preciada inquilina. 

He sonreído plena e ingenuamente en compañía de seres maravillosos. Me he mostrado tal como soy, sin miedos, sin pena y sin reproche alguno, ansiosa por seguir descubriendo el mundo y alimentar mi pensamiento y espíritu. Cada vez me parezco más a la mujer que siempre soñé ser y eso me ilumina la sonrisa cada mañana. 

No ha habido una sola noche en la que me vaya a la cama con la sensación de que estoy gastando mi vida. No ha habido un sólo día en que me reproche no ser feliz, porque, aunque suene pretencioso, puedo decir que la mayor parte de los días a lo largo de todo este año han valido la pena. Todos los días me he sentido realmente viva, con los ojos de mi consciencia bien atentos y con las corazonadas bien encaminadas, abriéndose camino entre veredas libres y persiguiendo sueños justos.

He aprendido más sobre el amor. Entendí que éste es un don que no todos los seres humanos poseen y que no puede exigirse ni esperarse, sólo debe darse en abundancia. Aprendí también a soltar, a no aferrarme, porque el amor no aprisiona, libera. También entendí que es necesario limpiarnos de todas esas energías pesadas que no nos hacen bien, porque éstas ocupan espacios muy grandes en nuestras vidas. Sino las expulsamos, nunca llegará a nosotros la energía correcta. Supe también que la libertad nace en la mente y se expande en todos los escenarios que pisamos. Fue así como descubrí el poder de mi mente y de mis palabras: conquistando nuevas metas, concretando viajes y superando experiencias que me han hecho crecer. 

Me emborraché mil veces, fumé hasta el hartazgo, conocí nuevas pasiones, abandoné viejas manías, me enamoré cien veces, probé nuevos vicios, me lancé a lo desconocido y reconocí lo que jamás había visto. Le grité al mar, corrí semidesnuda por la playa, me tiré en la arena a contemplar las estrellas por horas, me lancé a conciertos de forma inesperada; me hice amiga de trotadores del mundo y entablé con ellos conexiones que no había logrado con amigxs de antaño; asistí a una premiere llena de celebridades con un vestido de verano y mis vans favoritos (rotos) sin sentirme menos linda que ninguna de las despampanantes bellezas entonadas que por ahí desfilaban; experimenté mi sexualidad como nunca antes y gocé de los orgasmos más dulces. 

Disfruté de la mejor mota tirada en una hamaca gigante, situada en lo alto de una montaña, arropada por una fría pero exquisita noche estrellada. Una de las veladas más deliciosas que haya podido imaginar.   

Aprendí a decir “no”, sin pena, sin miedo. También aprendí a decir “jódete” y “vete a la mierda”. Comencé a mirar feo a las personas que pretendían atemorizarme en la calle y a gritarle a los hombres que susurraban morbosidades (y a los conductores que se pasaban de lanza). Recorrí nuevos caminos en bici, mientras escuchaba cien veces la misma rola, cantando a todo pulmón. 

Por último, me descubrí hermosa. Justo frente al espejo, el brillo de mis ojos se reconoció pleno, sereno y confiado. Me reconcilié con el cuerpo desnudo que parecía frente a mí. Amé las manos que antes me avergonzaban, acaricié los pequeños senos que penosamente mostraba, acepté los hoyuelos de mis mejillas con singular gracia y conté cada mancha de sol, lunar y cicatriz como hermosas lentejuelas esparcidas sobre mi cuerpo perfecto. Me sentí completa. Por primera vez, después de mucho tiempo, nada me hacía falta. Todo era perfecto, tenía todo lo que podía desear y estaba desbordante de sueños, esperanza y energías renovadoras. Mi cuerpo dejó de enfermarse tanto, mi madre comenzó  contagiarse de mi felicidad y nos convertimos en muy buenas amigas, me alejé de presencias que no valoraban mi ser, comencé a creer firmemente en mí y fui la protagonista de realidades con las que antes sólo me atrevía a soñar.

Me sentí viva y eso era lo único que necesitaba para convencerme de que las posibilidades son infinitas. Mis sueños los pinto yo, con los colores que más me plazcan, y seré yo quien disfrute de la pintura final, porque nadie tiene el poder suficiente para arruinar mi obra.

Y, volviendo a lo nuestro (y para que no digan que qué estupidez acaban de leer), imaginen por un segundo que todxs, alrededor del mundo: lxs tristes, lxs insegurxs, lxs amargadxs, lxs envidiosxs, lxs retraídxs, lxs temerosxs, lxs apáticxs, lxs haters, lxs indiferentes, lxs que odian, todxs… Imagínenlxs descubriéndose plenxs, completxs. ¿Cómo lucirían? ¿Su semblante cambiaría? ¿Empezarían a sonreír y a limpiar sus pulmones con un poco de mota? ¿Se tumbarían sobre el pasto, boca arriba, sólo para observar la luna y las estrellas? ¿Compartirían un toque con quien se les cruzara enfrente? ¿Qué tal una cerveza o un cigarrillo? Yo lo imagino así. Imagino esa clase de mundo en donde nadie deseé algo que dañe una vida. Así siento mi mundo dentro, ahora mismo, palpitándome fuerza y razones. Beso ese mundo bendito que he descubierto. 

Dejemos que nuestra luz sea más grande que nuestros miedos. Alimentémosla con amor, tolerancia y respeto para que se esparza hasta el horizonte. Un corazón temeroso es fácil de manipular y susceptible a engendrar odio, y son justamente el miedo y el odio lo que nos ha conducido a una realidad desesperanzada.


No hay más que elegir el lado de lo que consideramos justo, día a día. Enfocar nuestra energía en ello, hacer lo nuestro con amor, sin importar el tiempo que esto nos tome. No hay de otra, más que amar un chingo, hasta que esa sensación de paz se contagie como una plaga, como una cura. Odiar es fácil. El odio es para los seres ignorantes, grises, débiles.  Amar en cambio requiere voluntad y valentía. El odio destruye la vida, el amor la crea, y no todxs somos capaces de crear. 







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